martes, 19 de abril de 2011

Punto y aparte.

Esta entrada no pertenece a la historia de Elena, al igual que todas las demás que lleven este título.
Y muchas gracias por estas 800 visitas! :)



Invierno

La calle está sumida en la oscuridad.
No hace mucho estaba lloviendo, y ahora se respira ese curioso olor que deja tras de sí la humedad.
El frío invierno ha llegado, con él las lluvias, la penumbra.
La tristeza habitual de esta estación cubre las calles de la ciudad.
Es contagiosa, y poco a poco nos invade, lentamente.

Una única farola alumbra el final de la avenida, y busco en su luz el calor que ahora me falta, pero parece que no soy la única persona que ha tenido tal ocurrencia.
Bajo la claridad de un candil se refugia un muchacho. Supongo que tendrá unos diecinueve o veinte años. Su cabello es de un tono cobrizo, y su tez blanca, como la nieve que reposa sobre las cumbres de las altas montañas, allí, en el horizonte.
Viste un abrigo largo y gris, me recuerda a aquellas películas de época que tanto me gustaban, y junto al resto de su atuendo, de colores oscuros, provoca en mí una extraña sensación.
Entonces, es consciente de mi presencia y se vuelve hacia mí.
Ahora puedo observar su rostro: sus rasgos son suaves; sus ojos, grises, al igual que los edificios y todo el paisaje que nos rodea, pero al contrario que la piedra y el cemento, su mirada es cálida, sincera, expresiva, amable... Transmite confianza y seguridad.

Oigo unos pasos tras de mí. Me giro, pero no hay nadie.
Cuando vuelvo mi vista hacia la farola él ya no está allí, y todo queda nuevamente impregnado de soledad, quietud y silencio.



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lunes, 21 de marzo de 2011

Silencio.

Al final de camino estaba un hombre, de tal vez unos treinta años.
Su aspecto era triste.
Sus ojos, de un intenso color miel, estaban enrojecidos, irritados, tal vez por las lágrimas que habían dejado aquel rastro por sus mejillas.
Su barbilla estaba cubierta por una barba, tal vez de unos tres o cuatro días, fruto del descuido, y su boca, lejos de mostrar una sonrisa, reflejaba la más honda tristeza y pesar.
Sus hombros se inclinaban cara al suelo, dejando entrever un sentimiento de impotencia, que encajaba a la perfección con la desesperación que sus ojos reflejaban.

- ¿Elena?- dijo.

- Sí -, respondió ella.

- Ten -, dijo mientras le tendía un sobre.

Las manos de Elena temblaban. Su instinto le decía que ese sobre no deparaba nada bueno.


      Elena, 
Supongo que si estás leyendo esto lo peor ha pasado, o está a punto de suceder.
Sé que te debo muchas explicaciones, y creo que lo mejor será empezar por explicarte quién soy.
¿Recuerdas aquel día en el parque, cuando un chico te llamó por tu nombre, sin conocerlo, y al día siguiente te había dejado una nota diciendo que fueras feliz? Ese era yo.
En realidad sí nos conocemos. 
Mi nombre es Rubén. Éramos amigos en el colegio, ¿te acuerdas?
Después yo me mudé a otra ciudad, y perdimos el contacto. Hace unos meses volví por motivos de salud, estaba destrozado, he de confesarlo, pero cuando te vi aquel día allí, después de tanto tiempo, mi corazón volvió a latir con la fuerza necesaria para mantenerme vivo.
Hace algún tiempo me diagnosticaron leucemia. Fue un golpe muy duro, por eso quise volver a esta ciudad que tan buenos recuerdos me traía, quería vivir mis últimos días feliz.
Pero cuando te vi allí, tan triste, deseé de tal manera poder cambiar esa realidad que volqué todos mis esfuerzos en ello, y tuve otra vez las ganas de vivir que poco a poco se marchitaban a medida que la enfermedad avanzaba. 
Mientras me hacían una transfusión, hace unas semanas, pensaba en ti, me dabas la fuerza para seguir, y entonces una melodía comenzó a surgir en mi cabeza, esa que encontraste en medio de las hojas de mi diario. Me encantaría poder interpretarla para ti, aunque fuera una última vez, pero supongo que ya es demasiado tarde...




Elena dejó de leer y miró a aquel extraño, que ahora parecía un simple borrón debido a las lágrimas que inundaban sus ojos:

- ¿Él? ¿Él se ha...? - titubeó, incapaz de terminar aquella pregunta que tanto dolor le causaba.

El hombre negó con la cabeza.

- No, pero está cada vez peor; los médicos dicen que...

- ¿Dónde está? ¡Quiero verle!

Tras decirle el nombre del hospital donde se encontraba, Elena corrió hacia allí.
Preguntó a las enfermeras y llegó hasta la habitación donde él estaba.
Tocó el pomo de la puerta temblorosa y asustada pero, finalmente, se decidió a entrar.

Allí estaba él, que le había ayudado tanto en el pasado, su ángel de la guarda. Él, que en el presente la había animado a buscar la felicidad y le había hecho recuperar la esperanza. Él, que ahora que lo había encontrado se escapaba de su vida.

- ¿Elena? Eres tú...

- ¡Rubén! - dijo entre lágrimas. - Por favor, sé fuerte, no... no me dejes ahora.

Su débil mano sujetó la suya con una dulzura que estremeció cada célula de su piel.
Aquellos ojos verde esmeralda perdían segundo a segundo su brillo característico, poco a poco, y cada vez el final parecía más inevitable.

- Elena... Yo, quisiera que oyeras la canción que te escribí... Sería mucho mejor tener un piano, pero es imposible, así que permíteme, al menos, tratar de reproducir la melodía con mi voz...

- No gastes tus fuerzas en ello, ahora lo importante es que te recuperes. Tendremos miles de oportunidades para oírla.

- Por favor, deseo hacerlo ahora. Ven, siéntate a mi lado.

La canción era hermosa, y Elena, emocionada, dejó resbalar por su mejilla dos delicadas gotas de agua procedientes de sus ojos, cansados de llorar.
Él recogió una de esas lágrimas, la acercó a sus labios y la besó, a la vez que pronunciaba la última nota de la melodía.
Entonces, sus ojos se cerraron. Todo quedó en silencio.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Camino.

Faltaban apenas tres minutos para las cinco.
Elena entró en el parque, asustada, a la par que emocionada.
Se dirigió hacia aquel desviado camino que la llevaría al punto de encuentro.
El reloj de la catedral dio las cinco. Era la hora. Se apresuró.
Su corazón, frenético, estaba a punto de salírsele del pecho.
Tomó el atajo que llegaba hasta el banco.

Tras las hojas de aquel frondoso árbol se escondía aquel extraño que creía conocer, gracias a aquellas sinceras líneas que habían quedado plasmadas en el diario que el destino había puesto en sus manos.

Apartó las últimas ramas, cerró los ojos, inspiró profundamente y dio un paso adelante. Pero cuál fue su sorpresa cuando vio aquel banco vacío: no había nadie allí.

La mirada de Elena no pasó por alto un pequeño bulto que descansaba sobre aquel asiento.
Era una caja. La abrió, curiosa, y descubrió en su interior una flor, acompañada de un trozo de papel.
Cogió este último y, al desplegarlo, observó de nuevo aquellos trazos que tanta confianza le inspiraban. Leyó:

Una vez sentada en este banco, si giras tu mirada a la derecha verás un sendero. Síguelo.

Así lo hizo, y llegó a las orillas de un río.

¡Qué curioso! - pensó.- Nunca había llegado hasta aquí.

Miró a su alrededor, esperando verle a él, pero nuevamente no estaba. Lo que sí había allí era una gran roca. Se acercó, y observó que una minuciosa caligrafía la había tallado, dejando tras ella un mensaje:

¿Ves el agua? Corre camino al mar, al igual que algún día lo hicieron tus lágrimas. Permíteme ayudarte a que esto sea solo un recuerdo del PASADO, para que en tu mirada únicamente brille el sol. Sigue por el sendero hasta el jardín y, una vez allí, dirígete al laberinto que forma el seto.

Elena, sorprendida por el ingenioso juego de aquel muchacho, decidió seguir adelante.

Al llegar a los jardines de aquella especie de palacio, buscó el laberinto del que hablaba la nota. Al llegar a su entrada observó un cartel que explicaba su historia, pero lo que realmente llamó su atención fue un pequeño pliego pegado en una esquina.
Lo arrancó cuidadosamente. Nuevamente era un mensaje "suyo":

Un laberinto: dudas, indecisión, muchos caminos y solo uno es el correcto. Así es nuestro PRESENTE, y está en nosotros la capacidad de emprender el camino adecuado, con paso firme... Solo así alcanzaremos el FUTURO.

Pasado... tristeza, lágrimas. Presente... indecisión, dudas. Futuro... ¿qué me deparará el futuro? - se preguntó Elena.

Entró en el laberinto. Frondosas paredes formadas por aquel seto la rodeaban.
Opresión, agobio... Miedo. ¡No! Tenía que superarlo. Continuó hacia delante.
Dos caminos frente a ella: ¿derecha o izquierda? Inseguridad, temor... No podía volver atrás.
Era ahora o nunca.

Decidió optar por la izquierda, y así hasta el final. Conocía la solución.

Entonces, vio que aquel pasillo se abría al exterior.
Una silueta al fondo... ¿Él?

miércoles, 19 de enero de 2011

La tienda de música.

Allí estaba. Esa era la vieja tienda de música.

Elena respiró hondo y abrió la puerta tímidamente, pero con la valentía que le había faltado durante los últimos meses.

Entró con el diario en la mano y, decepcionada, vio que no había nadie allí.

- ¿Querías algo?

Elena se giró y vio tras ella a un hombre de avanzada edad, al que la vida  no había perdonado el paso de los años, que ahora quedaban reflejados en aquellas arrugas que recorrían su rostro. Contrariado, tal vez por una cara nueva después de tanto tiempo, repitió:

- Perdona, ¿necesitas algo?

- Eh... Bueno, yo... La verdad es que, bueno, me encontré esto - dijo señalando el diario -, su dueño escribió que solía ir a...

El anciano desapareció tras la cortina que separaba el establecimiento de la trastienda.
Elena ya se disponía a irse, cuando aquel hombre le tendió un papel algo arrugado mientras preguntaba:

- ¿Lo reconoces?


Comenzó a leer:

"¿Has sentido alguna vez que no eres nadie?
He oído esa frase mil y una veces: no somos nadie. Odio esa expresión, pero lo que más me molesta es llegar a sentir que es cierta...

A veces me pongo a pensar en qué soy y qué quiero ser... pero no tengo una respuesta clara.

Por una vez me gustaría ser la protagonista de mi propia historia, y no solo un personaje secundario... Pero siento que nunca voy a encontrar esa aventura que vivir, ese sueño que cumplir..."


Según avanzaba en la lectura de aquel manuscrito, su voz se quebraba poco a poco, una presión asolaba su pecho y las lágrimas anegaban sus ojos.

Ella lo había escrito, ella había arrancado aquella hoja de su cuaderno y la había llevado hasta el mar, donde había dejado que la corriente se la llevara al fondo, con la esperanza de que con ella se fuesen sus preocupaciones. Y ahora estaba allí, en sus manos.


- Supongo que te resulta familiar...

Elena asintió con la cabeza, ya que su boca no emitía sonido alguno.

- Entonces, creo que deberías leer esto.

Aquel anciano dejó un sobre cerrado sobre la mesa que los separaba, y desapareció nuevamente, concediéndole a Elena algo más de intimidad.



Ella, temblorosa, tomó el sobre y se dirigió hacía el bello piano de cola que había al fondo.
Se sentó y lo abrió. De él sacó un papel donde reconoció aquel trazo tan familiar:


Me esperaba que pudieras ser tú la que encontrara mi diario, y no quería perderme la oportunidad de conocerte.

En este momento te estarás preguntando quién soy y, sobre todo, qué ha pasado con tu carta sin destinatario.
Bien, empezaré por lo segundo.

El día que estabas en la playa yo descansaba sobre la arena, a solo unos metros de ti.
Fue entonces cuando vi tu desesperación, y en parte me reconocí a mí mismo reflejado en cada uno de tus movimientos.
Quería acercarme a ti y ayudarte, compartir tus emociones, a pesar de que no nos conocíamos de nada, o de casi nada.
Pero te fuiste corriendo.
Me acerqué a la orilla y vi flotando un papel, lo recogí y después lo dejé secar a la luz del sol.
Cuando lo leí no podía salir de mi asombro, viendo que no era el único que me sentía así.
Recibí una llamada, me fui a casa corriendo y, desgraciadamente, olvidé allí mi diario.
Ahora imaginándote leyendo esto pienso que realmente fue un regalo del destino, y considero ese olvido una fortuna; así que rectifico, afortunadamente perdí mi diario.

En cuanto a quien soy, me gustaría que lo vieras en persona, es decir, que podamos conocernos de una vez por todas.

Te propongo algo: esta tarde te esperaré a las cinco en el parque que está a las afueras de la ciudad, en la zona norte; siguiendo el sendero podrás llegar a un pequeño camino que lleva a un banco. Allí estaré.


Elena miró el reloj: eran las cinco menos cuarto.

Salió de la tienda. Dejó atrás su torpeza habitual y corrió veloz, más ágil que nunca.

Algo que desconcertaba a Elena, a parte de lo evidente, era que aquellas indicaciones la llevaban a un lugar más que conocido para ella: su parque, su banco...
¿Qué encontraría allí?

domingo, 16 de enero de 2011

Recuerdos.

Hoy he pasado por aquel lugar, y he recordado instante a instante aquel fatídico día.
Recuerdo cómo suplicaba que no me abandonasen. Pedía perdón una y otra vez, sin saber por qué. Prometía no ser un estorbo, ocupar poco espacio, ser imperceptible... tal como acabé siendo con el paso de los años.
Pero todas aquellas palabras que escondían rabia y desesperación no servían de nada.

De aquella vieja y decrépita puerta salió una mujer alta, seria, y con una mirada impenetrable.
La miré, asustado y temeroso, y me dí media vuelta. Observé a mis padres. 
Él, serio y distante, como siempre. Ella escondía tristeza en sus verdes ojos, aquellos que yo había heredado. Entonces se agachó, y al oído me dijo:

- Perdóname, corazón. No sabes lo mucho que me cuesta hacer esto, pero algún día te darás cuenta de que es por tu bien.

- Déjalo, Isabel. Es solo un niño caprichoso e insolente-, dijo él, y tirando de su chaqueta se la llevó para siempre.

Me decía que era por mi bien, pero aún hoy, a mis 20 años, sigo sin comprender qué tuvo aquello de bueno para mí. No me importaba sufrir, quería compartir su dolor, estar a su lado.
Prefería eso mil veces antes que la soledad a la que me sometí en aquel frío orfanato.
Pensaban que por tener cinco años no me daba cuenta de lo que estaba pasando, pero era tan consciente de la situación como lo soy ahora. Los moratones no escapaban de mi vista, tampoco los gestos de dolor.


Aquel día fue el último que la vi. Hoy la busco en cada esquina, en cada calle... pero nunca encuentro aquel rostro que tanta paz me transmitía.


Recuerdo como me llevaba a aquella tienda de instrumentos musicales y nos sentábamos en aquel antiguo piano de cola, y ella tocaba aquella hermosa melodía que no logro olvidar, pero que tampoco quiero olvidar. Supongo que es la forma de sentirla aquí, conmigo. Y por eso cada día voy a la tienda de música, me siento en el mismo lugar, y toco la misma canción. 


Algunos pensarán que es una forma estúpida de consolarme, pero es el mejor momento del día, en el que el dolor que reside en mi pecho se atenua cuando miro a mi izquierda y la veo, sentada junto a mí, sonriendo y animándome a seguir adelante.


Es la fuerza que me hace continuar, el motor de mi vida.




Las lágrimas caían por las mejillas de una emocionada Elena, que deseaba conocer a aquel que compartía sentimientos tan similares a los que ella albergaba. Quería devolverle su diario, aquel pozo de sentimientos, emociones y recuerdos.

Un presentimiento le decía que él estaría en la tienda de música que estaba al doblar la esquina.

Decidió acudir a aquella cita que el destino había concertado, sin saber lo que encontraría allí.

domingo, 9 de enero de 2011

Memorias de un diario inquieto.

¿Alguna vez te has parado a pensar en qué será de ti mañana?
¿En cuántos días te quedan de vida? ¿En qué hay más allá de ella?

A veces preguntas como estas me atormentan, porque sé que no podré encontrar respuestas.
Soy una mente inquieta y curiosa deseosa de soluciones que nunca obtendré.
Realmente no, no entiendo esta vida, esta sociedad, los estereotipos y modelos a seguir...
Me siento como un pez de agua dulce en medio del extenso mar, fuera de lugar.
Y  después está el miedo, ese miedo a lo desconocido y a lo futuro...


Así empezaba aquella especie de diario que había encontrado días atrás Elena.
Entre hojas sueltas y partituras, revestidas de un trazo preciso a la vez que bello, se escondían palabras cargadas de sinceridad, escritas por alguien a quien no conocía, o que tal vez se había cruzado alguna vez en medio de las calles de su ciudad, porque todo era posible.

Elena siguió enfrascada en la lectura de aquel manuscrito, cuya letra le resultaba extrañamente familiar...

viernes, 10 de diciembre de 2010

Hallazgo.




Desesperación, temor, miedo.

Anhelo, esperanza, deseo.

Sensaciones acumuladas día tras día en aquel frágil corazón, al que le costaba cada vez más resistir tan diversas emociones no exteriorizadas, reprimidas por aquel modelo de sociedad que seguía sin entender.

Elena corría. Corría desesperadamente.

Quería huír, no solo de aquella sala que tantos recuerdos le traía, sino que lo que realmente pretendía era escapar de sí misma, de sus miedos, de sus deseos, de sus sentimientos... Temía ser ella misma, temía sentir, y consecuentemente sufrir, como tantas otras veces.

Llegó a aquella cala apartada de las abarrotadas playas tomadas meses atrás por los turistas, y se dejó caer sobre la arena, agotada y sin fuerzas.

Pasó minutos tumbada sobre la arena, tal vez incluso horas, hasta que su respiración volvió a ser acompasada y rítmica, dejando atrás el cúlmen de su desesperación.

Notó como el agua del mar llegaba hasta ella. La marea había subido, el tiempo había pasado, pero su mente seguía debatiéndose entre lo propio y lo extraño, lo correcto y lo incoherente, lo monótono y lo espontáneo.

Abrió los ojos, y los rayos del sol del crepúsculo la cegaron.

¿Era aquello lo que deseaba? ¿No ver, y por tanto engañarse a sí misma, tratando de no sentir?
¿No vivir, y simplemente existir?

Se situaba ante un obstáculo. Dos caminos: rodearlo o saltarlo. Arriesgarse o no. Fallar o acertar.
Parejas de términos opuestos que encogían cada vez más aquel rescoldo de esperanza que quedaba en ella, ya que el temor a fallar, al No, a caerse... siempre acababan por superar a sus antónimos en aquella lucha interior.

Una suave brisa acarició su cara. Elena volvió su mirada al lugar de que esta procedía, y vio con asombro una especie de cuaderno que reposaba sobre la arena.

Se acercó y lo abrió, curiosa por un instante.
Cayó de él una hoja de papel, gastada, tal vez por su uso, que contenía un pentagrama con una serie de notas. Se preguntó cómo sería aquella melodía, que sensaciones transmitiría al oírla...

Y entonces reparó en el contenido de la primera página de aquel misterioso hallazgo.